Por Roberto Amigo
texto publicado en el catálogo de la muestra ESCUELA, por el Museo Damaso Arce-Olavarría

Encerrar un jardín en sombras.
Son ejercicios de captación del movimiento, de la fugacidad del instante del día en que las ramas de rosas chinas, laureles y palmeras se agitan por el viento. Es la reducción del género paisaje a su condición mínima de balcón. Si pintar la naturaleza lumínica podía ser elección de un postimpresionismo local, Aisenberg anula esa opción porque ha elegido un camino de restricción, una apuesta por el ascetismo.

Las pinturas blancas y negras, las pinturas monocromas cargan con emoción nostálgica, la fugacidad del paso de la visa, pero que llega a percibir la belleza breve que los occidentales imaginamos del lejano oriente. Aisenberg es una artista de frontera entre Oriente y Occidente.

2.

Hay un preciosismo oculto en la obra de Diana, cazadora de piedras preciosas. Es cierta reverberación oriental, de lujo artificial de la cultura popular cuando quiere ser elegante y es condenada por la materialidad de bajo costo. Es, sin embargo, un brillo oriental remedo del paraíso. Los cristales son lo más cercano al cielo en la tierra. Transita un mundo inacabado que no termina nunca de forjarse, los motivos visuales regresan una y otra vez como niñas caprichosas. Aisenberg entabla una relación de empatía con Swendenborg y Henry Darger, así se produce una sensación de turbación las niñas ideales son almas que han encontrado su morada. Las imágenes de niñas en paisajes fantásticos pierden toda su aparente inocencia y el encanto de su factura plástica. Además, la lectura de Swedenborg desde Darger evita la simple remisión figurativa perversa que el dargerism puede facilitar, para regresarlo a su densidad teológica. Transforma la bondadosa sabiduría del Swedenborg en el combate infinito por otra humanidad.

Roberto Amigo