Todo se puede pintar, imaginemos que sí. El cuadro sería entonces la suma infinita de todos los cuadros posibles. El cuadro no sería ya éste o aquél, sino todos y la sucesión de todos.
El cuadro estaría siempre pintándose sin concluir jamás. Cada cuadro es un estadio en el tiempo, una parte en el espacio de ese cuadro inacabable.

El orden, las leyes, son ciertamente una sutil manera de evasión. Descartando lo que no comprendemos, engendramos la ilusión de un mundo verificable. Si todo puede ser pintado, no
sería imposible generar un mundo equivalente, sin escamoteos ni predilecciones.

El todo incluye también lo no importante, lo frágil, lo efímero. Lo no claro, lo obvio, lo vulgar.
Si todo puede ser pintado, habría-hay- cuadros estrictamente circunstanciales, reticentes a todo ordenamiento, a todo orden, a toda orden.
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Esta pintura es también lo que no es, lo que olvida decir. Es la superficie pintada, pero es también la que antecede y la que está detrás. Se convierte así en una tridimensionalidad no tanto
óptica cuanto conceptual. El cuadro está antes de comenzar y después de haber terminado.

Asistimos a un desconcierto. No es que los cuadros se rebelen. Sencillamente se hayan suspendidos entre lo correcto y lo vituperable.

Hay palabras, frases: efectos divergentes. Despreocupación cuidadosa que nos ha ido apartando de lo definitivo. Las imágenes que vemos no son tanto signos como citas de una realidad inhaprensible. Las palabras que leemos son citas de textos, pre- textos mudables, permutables.

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Entre la confesión y el emblema, todo puede ser pintado.
ENRIQUE LONGINOTTI