Diana Aisenberg
Tormenta de cristales
En Daniel Abate Galería. Pasaje Bollini 2170.
Los Inrockuptibles del mes de abril, año 2012

Antes de Tormenta de cristales -apenas una semana antes para ser precisos- Diana Aisenberg estaba en Mendoza coordinando la novena parada de Escuela, una muestra nómade que ya hizo y deshizo su campamento varias veces a lo largo de estos últimos años en distintas ciudades del país. Este proyecto tan amorosamente federalista es quizá la mejor forma que la artista encontró para sintetizar las vastas áreas de su preocupación: Aisenberg es una pintora, sí, pero más allá de eso es también una manera de hacer las cosas; una metodología para la proliferación de cierto entendimiento sobre el quehacer artístico y los caprichos aparentes que lo sostienen. Escuela cementa definitivamente el status de Aisenberg como una de las fuerzas que pulieron al arte Argentino durante los últimos 30 años, no sólo con sus pinturas sino a través de su labor como docente y de su espíritu instigador, adiestrando sensibilidades por aquí y por allá. Tormenta de cristales, en cambio, parece ser apenas un momento: un momento delicado, flotando en algún sitio por encima de los proyectos y los textos, los ejercicios y el alumnado. Curada por Fernanda Laguna (otra artista-educadora capaz de dejar un legado pragmático; heredera indirecta), esta es su primera muestra en solitario en Capital desde la ya lejana primavera de 2006 y está compuesta por una selección de obras recientes, entre las que aparecen algunas pinturas y una prole de figurines de cerámica. El espacio de la galería fue dividido en dos: de un lado se montó esta especie de camarín celestial en la que podemos visitar a distintas fuerzas benignas reposando en su entorno natural, apartados de los estragos que movilizan a la habitación contigua. Atravesando una puerta diminuta, se llega a la segunda sala, habitada esta vez por criaturas algo más peculiares. Adornos, santos y hadas con sus partículas reordenadas. Aisenberg despedaza las figuras de molde y con una minuciosidad superlativa las cruza, hace mezclas, individualiza la forma seriada. Inventa sus propios espíritus tutelares, amuletos e ídolos: cada uno de ellos tiene un nombre, son todos personajes en un folklore privado y romántico, mitad pampeano, mitad septentrional. A pesar de las horas de trabajo que seguramente encierren, las estatuitas parecen ser el producto de una mentalidad virginal, eternamente enamorada de los cuentos y del color. En medio de la ilusión de restauración que Aisenberg ejerce sobre la pureza de los elementos al operar sobre materia multiplicable y mediocre, la artista fija una forma para lo que está siempre cambiando. Estructuras colorinches de belleza a veces directa, a veces demandante y en las que cualquier racionalidad está destinada a diluirse entre cristales, diamantes y hierbas.