Martes 24 de Abril de 2012
La artista inaugura la temporada de la Galería Abate con su inspirada muestra «Tormenta de cristales»

Diana Aisenberg trae de vuelta la magia del arte
Por: Ana Martínez Quijano


«Las Robertas», serie de esculturitas idénticas que sostienen en sus brazos fuentes cargadas con brillantes burbujas de cristal.


La galería Daniel Abate abrió la semana pasada su primera exposición del año, «Tormenta de cristales», de la artista Diana Aisenberg. Basta ingresar en una pequeña sala y observar las paredes pintadas con gesto suelto -pero certero- y colores dulces, para percibir la lluvia de cristales que cruza esa escenografía celestial.

Allí mismo, en el cielo, lo primero que se descubre es el resplandor iridiscente de dos series de esculturas femeninas de formas onduladas que miden algo más que un palmo de altura. Frente a ellas y bajo su custodia están «Las Robertas», otra serie de esculturitas idénticas y encantadoras color terracota, dispuestas en fila y sosteniendo en sus brazos unas fuentes cargadas con brillantes burbujas de cristal.

Luego, para acceder a la tierra, hay que atravesar una puerta estrecha. Siguiendo este camino que lleva al espectador del Paraíso a la sala de la galería y, consecuentemente, al mundo real, se encuentran las pinturas de una artista que suele decir mucho con poca cosa.

La infancia es un tema que conmueve en las manos ágiles de Aisenberg. La obra parece pintada de un tirón y despierta sentimientos que van desde la ternura y la admiración a la compasión e, incluso, la culpa.

Allí, en la tierra, hay unas pinturas de niñas bellas como hadas y unas esculturas con colores oscuros sobre un pedestal. Al acercarse, se descubre que las figuritas están rotas, quebradas y con algunos trozos dispersos. Pero al mirar las esculturas con verdadero detenimiento, se advierte que la artista ha reunido y pegado muchos de estos fragmentos para crear otras obras, diferentes. Aisenberg trabaja para volver a reunir lo que ya parecía perdido, su actitud se asemeja a la de aquellos que, en el momento posterior a una catástrofe que arrasó con todo, juntan lo poco que les ha quedado y se disponen a continuar con la vida.

Y allí están los personajes tullidos y con las heridas a la vista, pero erigiéndose todavía sobre el pedestal.

La curadora de la muestra, Fernanda Laguna, quien comparte con Diana Aisenberg la búsqueda de la energía artística pura, comienza por destacar en el texto de presentación que la artista tiene el nombre de un mito. Para explicar el origen de ese mágico universo bañado por coloridos cristales, se remonta a un momento fantástico, cuando hace millones de años una tormenta de fuego conformó una superficie vidriada sobre la tierra.

Por su parte, el crítico Roberto Amigo, al hablar de la obra de Aisenberg, señalaba:«Hay un preciosismo oculto en la obra de Diana, cazadora de piedras preciosas. Es cierta reverberación oriental, de lujo artificial de la cultura popular cuando quiere ser elegante y es condenada por la materialidad de bajo costo. Es, sin embargo, un brillo oriental remedo del paraíso».

Por otra parte, Aisenberg se sirve en esta muestra tanto del gestualismo pictórico de la década del 80, como del legado «ready made» de Duchamp trasladado a la Argentina: los productos cursis comprados en los bazares del barrio de Once para ser llevados a las salas de exposiciones. No obstante, si bien parecía que ese mundo de abalorios y cotillón estaba agotado, la «Tormenta» de Aisenberg trae, con otros códigos y otros mensajes, no sólo los vientos de la estética kitsch que, soplan en la galería del Pasaje Bollini con renovada fuerza, sino además una magia que ya parecía irrecuperable.

Cabe aclarar que la artista es una de las docentes más valoradas en la escena del arte por sus clínicas de análisis de obras y los cursos que ha dictado en todo el país. Es autora, además, de «Historias del Arte. Diccionario de Certezas e Intuiciones», un lúcido proyecto de investigación que sondea el pensamiento y las ideas de la sociedad y que ha publicado en distintos formatos.