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aisenberg Por Mario Gradowczyk
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(Sobre la presentación de una muestra sobre Victoria Ocampo y otra de pinturas y objetos de Diana Aisenberg)

Por Mario Gradowczyk [*]

Trasladados al Olimpo, rebauticemos a las dos diosas. Victoria es Niké, diosa de los guerreros. Mujer alada, lleva una corona para honrar al victorioso en la guerra y en otros menesteres. Niké fue el sobrenombre adoptado por la escritora en su juventud, mímesis que dará mucho que hablar.
Una de las tantas imágenes expuestas muestra a una joven melancólica salida de un cuadro de Romero de Torres. Nunca he visto en una sala una Victoria tan presente, que se sabe deseada y por lo tanto casi inalcanzable, altiva, cercada por textos de sus pares y entre sus libros, con esa mirada tristona y esos labios apretados que delatan a las mujeres de su clase. Como la Niké de Samotracia, la visión de una Victoria encaramada en una plataforma, con sus alas prontas, dispuesta a coronar nuevos talentos sería por cierto apta. Ella ocupa un sitial privilegiado en la modernidad argentina. Uno podría cuestionarse si es lícito ubicarla bajo ese paraguas tan maltrecho por su uso indiscriminado, es innegable que es gran figura, hoy difícilmente cuestionada. Es que, con el correr del tiempo, las diferencias ideológicas se disgregan, las puntas afiladas se mellan, los comentarios adversos se relativizan, los odios y desavenencias van quedando atrás. Sus tempranas estancias parisinas le hicieron ver una sociedad en pleno desarrollo industrial y urbano, en cuya cultura se articulaban discursos de ruptura. Sería el espíritu inquisitivo de la modernidad el que alimentó sus aspiraciones juveniles, su lucha por preservar su autonomía, su decisión por comprometerse con su tiempo, ansiosa por trasladar esas experiencias a su propio país. Victoria fue un ser libre, la suya fue una modernidad pasiva, volcada hacia su interioridad.
En 1928 sorprende a su clase construyendo una casa modernista en pleno Barrio Parque –confiada al arquitecto Alejandro Bustillo que abjura de ese concepto– pero los espacios interiores poco responden a la concepción lecorbusieriana que muchos le atribuyen. (Le Corbusier realizó otros proyectos para Victoria que no se concretaron, y ella le confió más tarde sus obras a Alberto Prebisch.)
Fue Waldo Frank quien le propuso a Samuel Glusberg –el editor porteño de las colecciones Babel– fundar una revista para las letras latinoamericanas entre “Mariátegui, el Andino; Victoria, la Porteña; tú, el Judío Universal” (sic), según lo documenta Horacio Tarcus (Mariátegui en la Argentina, 2002). Esta iniciativa naufraga y ella decide crear Sur por su cuenta y con su propio dinero, apoyada por sus amigos. Entre los textos que se ocupan de la vida y obra de Victoria, recogidos por Patricio Lóizaga (curador de la muestra) en el espléndido libro que acompaña la exposición, señalo el de Ricardo Piglia, quien plantea que Sur representa “la persistencia y la crisis del europeísmo como tendencia dominante en la literatura argentina del siglo XIX”.
Victoria estableció su propio canon, esto explicaría su actitud pasiva frente a las vanguardias, lo que se advierte en los listados de autores, los temas cubiertos por la revista y el fondo editorial. Pero no se equivocó con Borges. Y luchó contra el fascismo. Pertenecía a esa generación que concebía a la modernidad sólo como un proceso de introspección y libertad interior, sin percatarse de que para crear una cultura que trascienda es imprescindible la construcción de un imaginario que cuestione lo establecido (lo clásico) e investigue nuevas formas, nuevos contenidos, lo que afectaría la percepción de su actividad como promotora. Sería imposible desconocer que fue fiel a sí misma y escritorapor derecho propio. Esto nos remite a la metáfora del vaso semilleno o semivacío, que sigue confundiendo a muchas generaciones. El caso V. O. conforma un ejemplo clave de ese casi trágico malentendido argentino, más proclive a mantener los ideologismos que a rendirse frente a evidencias abrumadoras; en este caso, ante esas alas desplegadas hasta el final y sus alforjas casi vacías.
Pasemos a la otra sala. Diana (Artemisa en la mitología griega) es la diosa de la caza y de la fecundidad. La imagen de Diana cazadora es menos conspicua (las copias son innúmeras) y se la representa portando arco y flechas. Quizás el hecho de que Aisenberg (en español: montaña de hierro) haya expuesto sus obras en la casa de Victoria en Mar del Plata agrega otro componente sincrónico a esta nota. Y por qué no hacer hablar a la escritora: “Lo que más me gusta es la escultura griega. Adoro la Victoria de Samotracia y la ‘Diane à la biche’.” (Autobiografía II, 1980). Diana es pintora de sombras y enhebradora de palabras. Expliquemos primero esto último. Desde hace tiempo se dedica a elaborar su Historias del arte. Diccionario de certezas e intuiciones –que aparecerá en formato de libro en las próximas semanas–. No es un “vademecum”, por el contrario, la Diana escritora lanza en forma continua sus flechas en múltiples direcciones por Internet, son sus rebotes los que ella vuelca sobre el papel. La artista pinta las sombras de plantas, siluetas de gallinas, cacharros, más sombras. En este caso su exposición se denomina “Combo”, donde presenta un ensamblaje de pinturas, estantes, cerámicas, sillones, textos. Diana deconstruye los temas recurrentes de su terraza y objetos de su casa; el espíritu de Morandi (véase su “Combo Morandi”) no deja de dar vueltas.
Los dibuja aislados, los diseca y los recompone enfrentándolos con objetos reales: un plato de cerámica o una tetera. Para acentuar la conexión vitrifica la superficie de sus cuadros con un barniz que emula el de la cerámica. “Navego los niveles de la experiencia artística en lo cotidiano”: así define su trabajo la artista. La intimidad contenida que refleja esta muestra confirma que un artista trasciende cuando refleja sus sensaciones con medios pictóricos e imágenes tan convincentes que iluminan la visión del observador.

Una mención especial sobre ambas curadurías. Lóizaga sabe que la fuerza expresiva de una imagen es proporcional a su tamaño y reemplazó el formato recoleto de las fotografías originales –debidas a artistas emblemáticos como Gisèle Freund y Man Ray, entre otros– por ampliaciones. Un primer acierto. Los textos de personalidades de la cultura que reflejan distintas opiniones sobre V. O. están impresos sobre las paredes con una tipografía generosa que facilita su lectura desde diferentes ángulos, mientras que los textos del curador, menos conspicuos (sin firmar), están dispuestos en paneles para una segunda lectura. Ejemplares de la revista y libros editados por Sur conforman conjuntos de interés bibliográfico, crítico y estético y están dispuestos en mesas de excelente diseño. Si a esto se le suma la inclusión de objetos y cartas de la escritora –y sus infaltables anteojos– el conjunto conforma un espacio cuyo potencial simbólico atrapa e invita a la lectura, a la observación, a la reflexión.
Es otro el desafío que plantea la sala elegida por Graciela Hasper para la obra de Aisenberg. Se trata de disponer pinturas y objetos de pequeño tamaño sobre un gran espacio –una caja blanca–, lo que conlleva el clásico problema entre figura y fondo. La curadora entrelazó las obras y los objetos con sentido gestáltico, esto es, disponiendo conjuntos armónicos en distintas posiciones sobre la pared, para que destruyan toda posible dicotomía entre artefactos y pared. Hasper logró que la mirada del observador se concentre, primero, en los conjuntos y se acerque después para contemplarlos en forma individual. Así desaparece el efecto pared y el espacio con sus llenos (las obras y textos) y vacíos (los intersticios) vibra en su conjunto.Ambas exposiciones conforman una suerte de metáfora de la cultura argentina. Por un lado se ha examinado la trayectoria de una escritora de la clase alta, que intentó quebrar el anacronismo patricio cruzando líneas punteadas por la literatura del siglo XX, aportando su propia obra que mantiene actualidad. Por el otro, se exhibe la obra de una –nieta de un inmigrante centro-europeo, chatarrero y modesto fundidor– que no sólo experimenta con los medios de su arte, sino que es constructora de conceptos. Excelente ocasión para comprobar que Diana y Victoria están unidas por mucho más que un problema de género y un lugar común de exposición.

(*) Ensayista de arte. Colaborador permanente de la revista ramona. Autor de J. Torres-García (Gaglianone, Bs. As., 1985) y Xul Solar (Fundación Bunge y Born, Bs. As. 1994), entre otros libros.

Extraído del Diario Página 12, enero 2004.

aisenberg Por Mario Gradowczyk
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(Sobre la presentación de una muestra sobre Victoria Ocampo y otra de pinturas y objetos de Diana Aisenberg)

Por Mario Gradowczyk [*]

Trasladados al Olimpo, rebauticemos a las dos diosas. Victoria es Niké, diosa de los guerreros. Mujer alada, lleva una corona para honrar al victorioso en la guerra y en otros menesteres. Niké fue el sobrenombre adoptado por la escritora en su juventud, mímesis que dará mucho que hablar.
Una de las tantas imágenes expuestas muestra a una joven melancólica salida de un cuadro de Romero de Torres. Nunca he visto en una sala una Victoria tan presente, que se sabe deseada y por lo tanto casi inalcanzable, altiva, cercada por textos de sus pares y entre sus libros, con esa mirada tristona y esos labios apretados que delatan a las mujeres de su clase. Como la Niké de Samotracia, la visión de una Victoria encaramada en una plataforma, con sus alas prontas, dispuesta a coronar nuevos talentos sería por cierto apta. Ella ocupa un sitial privilegiado en la modernidad argentina. Uno podría cuestionarse si es lícito ubicarla bajo ese paraguas tan maltrecho por su uso indiscriminado, es innegable que es gran figura, hoy difícilmente cuestionada. Es que, con el correr del tiempo, las diferencias ideológicas se disgregan, las puntas afiladas se mellan, los comentarios adversos se relativizan, los odios y desavenencias van quedando atrás. Sus tempranas estancias parisinas le hicieron ver una sociedad en pleno desarrollo industrial y urbano, en cuya cultura se articulaban discursos de ruptura. Sería el espíritu inquisitivo de la modernidad el que alimentó sus aspiraciones juveniles, su lucha por preservar su autonomía, su decisión por comprometerse con su tiempo, ansiosa por trasladar esas experiencias a su propio país. Victoria fue un ser libre, la suya fue una modernidad pasiva, volcada hacia su interioridad.
En 1928 sorprende a su clase construyendo una casa modernista en pleno Barrio Parque –confiada al arquitecto Alejandro Bustillo que abjura de ese concepto– pero los espacios interiores poco responden a la concepción lecorbusieriana que muchos le atribuyen. (Le Corbusier realizó otros proyectos para Victoria que no se concretaron, y ella le confió más tarde sus obras a Alberto Prebisch.)
Fue Waldo Frank quien le propuso a Samuel Glusberg –el editor porteño de las colecciones Babel– fundar una revista para las letras latinoamericanas entre “Mariátegui, el Andino; Victoria, la Porteña; tú, el Judío Universal” (sic), según lo documenta Horacio Tarcus (Mariátegui en la Argentina, 2002). Esta iniciativa naufraga y ella decide crear Sur por su cuenta y con su propio dinero, apoyada por sus amigos. Entre los textos que se ocupan de la vida y obra de Victoria, recogidos por Patricio Lóizaga (curador de la muestra) en el espléndido libro que acompaña la exposición, señalo el de Ricardo Piglia, quien plantea que Sur representa “la persistencia y la crisis del europeísmo como tendencia dominante en la literatura argentina del siglo XIX”.
Victoria estableció su propio canon, esto explicaría su actitud pasiva frente a las vanguardias, lo que se advierte en los listados de autores, los temas cubiertos por la revista y el fondo editorial. Pero no se equivocó con Borges. Y luchó contra el fascismo. Pertenecía a esa generación que concebía a la modernidad sólo como un proceso de introspección y libertad interior, sin percatarse de que para crear una cultura que trascienda es imprescindible la construcción de un imaginario que cuestione lo establecido (lo clásico) e investigue nuevas formas, nuevos contenidos, lo que afectaría la percepción de su actividad como promotora. Sería imposible desconocer que fue fiel a sí misma y escritorapor derecho propio. Esto nos remite a la metáfora del vaso semilleno o semivacío, que sigue confundiendo a muchas generaciones. El caso V. O. conforma un ejemplo clave de ese casi trágico malentendido argentino, más proclive a mantener los ideologismos que a rendirse frente a evidencias abrumadoras; en este caso, ante esas alas desplegadas hasta el final y sus alforjas casi vacías.
Pasemos a la otra sala. Diana (Artemisa en la mitología griega) es la diosa de la caza y de la fecundidad. La imagen de Diana cazadora es menos conspicua (las copias son innúmeras) y se la representa portando arco y flechas. Quizás el hecho de que Aisenberg (en español: montaña de hierro) haya expuesto sus obras en la casa de Victoria en Mar del Plata agrega otro componente sincrónico a esta nota. Y por qué no hacer hablar a la escritora: “Lo que más me gusta es la escultura griega. Adoro la Victoria de Samotracia y la ‘Diane à la biche’.” (Autobiografía II, 1980). Diana es pintora de sombras y enhebradora de palabras. Expliquemos primero esto último. Desde hace tiempo se dedica a elaborar su Historias del arte. Diccionario de certezas e intuiciones –que aparecerá en formato de libro en las próximas semanas–. No es un “vademecum”, por el contrario, la Diana escritora lanza en forma continua sus flechas en múltiples direcciones por Internet, son sus rebotes los que ella vuelca sobre el papel. La artista pinta las sombras de plantas, siluetas de gallinas, cacharros, más sombras. En este caso su exposición se denomina “Combo”, donde presenta un ensamblaje de pinturas, estantes, cerámicas, sillones, textos. Diana deconstruye los temas recurrentes de su terraza y objetos de su casa; el espíritu de Morandi (véase su “Combo Morandi”) no deja de dar vueltas.
Los dibuja aislados, los diseca y los recompone enfrentándolos con objetos reales: un plato de cerámica o una tetera. Para acentuar la conexión vitrifica la superficie de sus cuadros con un barniz que emula el de la cerámica. “Navego los niveles de la experiencia artística en lo cotidiano”: así define su trabajo la artista. La intimidad contenida que refleja esta muestra confirma que un artista trasciende cuando refleja sus sensaciones con medios pictóricos e imágenes tan convincentes que iluminan la visión del observador.

Una mención especial sobre ambas curadurías. Lóizaga sabe que la fuerza expresiva de una imagen es proporcional a su tamaño y reemplazó el formato recoleto de las fotografías originales –debidas a artistas emblemáticos como Gisèle Freund y Man Ray, entre otros– por ampliaciones. Un primer acierto. Los textos de personalidades de la cultura que reflejan distintas opiniones sobre V. O. están impresos sobre las paredes con una tipografía generosa que facilita su lectura desde diferentes ángulos, mientras que los textos del curador, menos conspicuos (sin firmar), están dispuestos en paneles para una segunda lectura. Ejemplares de la revista y libros editados por Sur conforman conjuntos de interés bibliográfico, crítico y estético y están dispuestos en mesas de excelente diseño. Si a esto se le suma la inclusión de objetos y cartas de la escritora –y sus infaltables anteojos– el conjunto conforma un espacio cuyo potencial simbólico atrapa e invita a la lectura, a la observación, a la reflexión.
Es otro el desafío que plantea la sala elegida por Graciela Hasper para la obra de Aisenberg. Se trata de disponer pinturas y objetos de pequeño tamaño sobre un gran espacio –una caja blanca–, lo que conlleva el clásico problema entre figura y fondo. La curadora entrelazó las obras y los objetos con sentido gestáltico, esto es, disponiendo conjuntos armónicos en distintas posiciones sobre la pared, para que destruyan toda posible dicotomía entre artefactos y pared. Hasper logró que la mirada del observador se concentre, primero, en los conjuntos y se acerque después para contemplarlos en forma individual. Así desaparece el efecto pared y el espacio con sus llenos (las obras y textos) y vacíos (los intersticios) vibra en su conjunto.Ambas exposiciones conforman una suerte de metáfora de la cultura argentina. Por un lado se ha examinado la trayectoria de una escritora de la clase alta, que intentó quebrar el anacronismo patricio cruzando líneas punteadas por la literatura del siglo XX, aportando su propia obra que mantiene actualidad. Por el otro, se exhibe la obra de una –nieta de un inmigrante centro-europeo, chatarrero y modesto fundidor– que no sólo experimenta con los medios de su arte, sino que es constructora de conceptos. Excelente ocasión para comprobar que Diana y Victoria están unidas por mucho más que un problema de género y un lugar común de exposición.

(*) Ensayista de arte. Colaborador permanente de la revista ramona. Autor de J. Torres-García (Gaglianone, Bs. As., 1985) y Xul Solar (Fundación Bunge y Born, Bs. As. 1994), entre otros libros.

Extraído del Diario Página 12, enero 2004.