Por Maria Gainza

Saltos ornamentales
En Combo, la muestra que exhibe en el Centro Borges, Diana Aisenberg cuelga cuadros en composé con sillones, jarrones y teteras y problematiza con insidioso candor las reglas de la etiqueta del arte. De aquí en más, quien pretenda usar la palabra “decorativo” como un insulto hará bien en pensarlo antes dos veces.
por María Gainza
Encorvado por el peso de un maletín lleno de planillas y calculadoras, un hombre gris entra a un vernissage. Media hora más tarde, copita va copita viene, empieza a sentirse a gusto y se larga a hablar. En el rutilante mundo del arte son todos tan originales y abiertos... Y el hombre es feliz. Presiente que su vida está por cambiar: nuevos amigos, un mundo de mentes amplias y espíritus libres, piensa el oficinista de 10 a 7. Cuando, de golpe, ahí la ve: unas líneas azules surcando la tela. Es la obra de arte. Entonces se anima –después de todo está entre amigos– y manda: “Convengamos que esto lo puede pintar mi hijo”. ¿Queeeeeé? El vino que vierten las botellas se congela en el aire, pero su mente, un poco alelada entre el alcohol y las planillas, tarda en procesar, y la segunda se le escapa: “Aunque mirándolo bien, este cuadro puede quedar fantástico con el sillón del living”. Antes de terminar ya sabe que no hay marcha atrás. Sus nuevos amigos se hacen humo. Sólo queda el mozo que, mientras le cierra la puerta en la cara, le explica el infortunio: “El cenáculo artístico no admite novatos”.
Las reglas, códigos y etiquetas del arte darían material para un tratado. Y Diana Aisenberg las conoce bien; tanto como para darlas vuelta y mandarse a colgar cuadros en composé con sillones, jarrones y teteras y presentar Combo, una de las muestras con más garbo de los últimos tiempos que nos hará pensar dos veces la próxima vez que se nos ocurra subestimar algo por ser “decorativo”.
D&D
Matisse decía que buscaba un arte que fuera como un buen sillón: un sedante para las fatigas físicas y los problemas del día. Es probable que tuviera en mente una obra de engañosa liviandad, con un tapizado estupendo pero, a la vez, con todos los resortes en forma. Pero el punto es que la idea de lo decorativo lo atraía. Vinieron después los tiempos en que la estética fue tamizada por el moralismo post Segunda Guerra Mundial y la palabra “decorativo” empezó a connotar bajeza y mercantilismo. Lo decorativo era comercial (como si la meta del arte-arte fuera pudrirse en un sótano repleto de pinturas invendibles). La nostalgia y la intimidad cedieron ante la bravura y lo cutting-edge.
El problema, en parte, parecería ser semántico: como adjetivo, lo decorativo refiere a lo que adorna, pero al mismo tiempo puede convertirse en un juicio de valor y designar aquello que es meramente ornamental; es decir, algo que carece del rigor y el compromiso de la obra de arte “seria”. Ésas son precisamente las aguas en las que bucea Diana Aisenberg, una artista plástica y arqueóloga de las palabras que define su trabajo como un intento de “revisar el lenguaje tanto en el objeto como en las palabras que usamos para hablar de arte”. Lo corrobora, de hecho, su recopilación interactiva de Historias del Arte, Diccionario de certezas e intuiciones, que circula por Internet desde hace ya unos años. Por eso, en una primera lectura, su muestra –curada por Graciela Hasper– remite a la idea de una pintura que pareciera comportarse como lo haría un ramo de flores en una habitación.
Aquí todo es alegre y sosegado. Pero enseguida la impresión se ajusta: estas obras, de una fragilidad que podría desarticularse al menor suspiro, han sido pensadas y exhibidas con la firmeza de objetos soldados con Poxipol. Porque Aisenberg siempre da más: cuando todo parece de fácil digestión, agrega un giro conceptual y el espectador hace ¡plop!, como Condorito. No sólo es capaz de revisar varios de los problemas que han surgido en la encrucijada del arte contemporáneo; también intenta resolverlos: no con grandes gestos ni manifiestos sino a su manera, que es discreta y llena de gracia.
Aisenberg pinta jarrones, figurada y literalmente: un pingüino pintado es una jarra para vino pintada y, a la vez, una tela sobre la que se ha pintado ese mismo pingüino pintado. Y en una actitud magritteana, a lo Esto no es una pipa, Aisenberg se interroga sobre la distancia entre la cosa y su representación y de paso problematiza la interrogación con una vuelta de tuerca: pintar también sobre la cosa. Pinta las sombras de las ramas sobre un lienzo, recubre el cuadro con vidrio líquido –lo que le da un toque similar al de la loza– y luego lo coloca sobre un sillón (y se pregunta sobre lo decorativo). Pinta un almohadón amarillo con trazos negros y pone encima un elefantito de cerámica amarilla en el que los trazos se continúan, lo que nos lleva a pensar que Aisenberg empieza pintando un objeto y sigue luego sobre otro, como si la obra no se acabara en el marco (y entonces se pregunta sobre los límites de la pintura). Pinta una tetera y la posa sobre un estante, cara a cara con un cuadro de una tetera (y se pregunta qué es lo que hace que una superficie determinada sea portadora de arte). Y lo que exhibe son más las preguntas que las respuestas.
Floreros sobre floreros
Cuando la avalancha del arte decorativo de fin del siglo XIX –los Nabis, el Arts & Crafts y William Morris, el movimiento estético, el modernismo– intentó extender los límites de la pintura aboliendo las fronteras entre las bellas artes y las artes aplicadas, lo que buscó con esas formas curvilíneas, tan enamoradas de sí mismas, fue embellecer la superficie. Todo se dio on the surface: las cerámicas, vajillas y empapelados finiseculares se cubrieron de orquídeas, nenúfares, gardenias y magnolias. Owen Jones, en su Gramática del Ornamento –la obra más importante sobre decoración de mediados de siglo XIX–, dijo que “una alfombra que cubre el suelo debe ser tratada como una superficie plana”. Si algunas de estas ideas resuenan en las obras de Aisenberg es porque sus modelos provienen de la naturaleza, y porque le interesa entender el mundo como un gran bastidor. Más aún cuando aclara: “Toda superficie es un posible soporte portador de la naturaleza del arte”.
Pero para encarar el pas-de-deux entre el arte contemporáneo y el diseño, Aisenberg cala más hondo. La percepción de un objeto y nuestro entendimiento de ese objeto no pueden separarse. Es imposible mirar un objeto sin saber para qué sirve: la tetera, antes que nada, es una vasija para servir té, y después una vasija pintada por una artista. Pero cuando las líneas de un patito de porcelana se continúan en una tela, Aisenberg está diciendo que es en la idea de Combo –ahí donde un objeto se tensiona con la sola presencia de otro objeto y donde las personalidades de cada uno se tiñen– donde aparece un nuevo orden de conocimiento que no viene ni de la tela ni de la cerámica, sino que surge, más bien, del encuentro de los elementos.
En la cima del frenesí del arte por el arte, Oscar Wilde escribió que “un cuadro es una cosa meramente decorativa” y agregó que “todo arte es al mismo tiempo superficie y símbolo”. Así, los de Aisenberg son floreros sobre floreros, obras eruditas despojadas de inocencia pero también, a la vez, alegremente naïves, porque aun cargadas de intensidad no dejan de ser jarrones. Como chistes –rotundamente serios pero no por ello irónicos, y es mejor así: el arte contemporáneo está que rebalsa de ironías–, las obras de Aisenberg son piezas filosóficas que revelan la confusión de valores del siglo. Y lo que es genial es que, con toda su aparente despreocupación, nunca dejan de interrogarse a sí mismas como un perro que se empecina en morderse la cola.
Son obras, además, que no se dejan amedrentar. Porque no se puede combinar un cuadro con un sillón... hasta que alguien lo hace. Pareciera entonces que las obras de Aisenberg se interesan por lo decorativo sólo para quebrar su propia lógica. Otra vez Matisse: “Pienso que nada es más difícil para un verdadero pintor que pintar una rosa, porque para pintarla hay que olvidar primero todas las rosas pintadas”. Aisenberg es consciente de lo inevitable: habrá que aprender a ver de nuevo. El recuerdo de otros jarrones nos impedirá ver el jarrón. Por un tiempo, al menos. Se larga por la autopista buscando sus propios signos, despreocupada, mientras ve pasar como ráfagas, clavadas a la vera del camino, las señales de tránsito que todo lo reglamentan.
Combo, de Diana Aisenberg. Proyecto Sala 2 del Centro Cultural Borges, programa creado por Graciela Hasper. Hasta fines de enero.