Por Fernando Fazzolari

FRESCAS FLORES, FRAGANTES FRUTOS
Fernando Fazzolari

Además de ser una de las mejores docentes de pintura del país, como un antiguo pregonero Diana Aisenberg ofrece la naturaleza en su pintura.
Una sinfonía de bananas llena el ambiente de un olímpico amarillo y una pared de manzanas hace de la tentación un diluvio de rojos.
Su obra, ferviente exhibición del color y de la forma, se despliega hecha abundancia como un registro vivo, ya producto de los árboles, ya desde las convocantes cestas de mimbre del mercado.
Cada fruto contiene todos los colores que el tiempo, el calor y el sol fueron ofreciendo a sus cáscaras. Y así son registradas, minuciosamente, desde una mirada que se destila en el tiempo y en la remembranza del color en la pupila y de la memoria sopesada de su materia.
Así en los frutos como en las flores, que respiran la fragilidad del verano, las áridas sequías de la montaña y la silvestre emergencia de una margarita en el amanecer.
Sus girasoles contienen todos los instantes de la rotación de la tierra y transpiran calmantes, el aceite del día y el silencio de la noche.
Una obra que excita a la reflexión sobre la pintura, una disciplina atormentada por la polución de lo visual, que por suerte conserva en Diana Aisenberg el poder de interpelar al ojo desde la belleza.