Por Diego Tatian
Presentación Centro Cultural España Córdoba

Presentar un libro no es hacer una crítica; es como presentar a alguien. Cuando presentamos a alguien, damos por lo general un dato o un elemento que es como si permitiera que la persona presentada advenga a la presencia, como si su cuerpo presente no bastara. Decimos cosas tales como “Te presento a Luis, un amigo...”, “un compañero”, “mi mujer”, o bien “el doctor o el profesor tal”, etc.
Presentar un libro no es tan diferente.
Es raro cómo funciona la presentación, es más lo que deja afuera que lo que presenta efectivamente. De la misma manera que presentar a alguien mencionando apenas algo es dejar fuera de la presencia, es despresentar, diría Macedonio, infinitas cosas que permanecen ausentes, también en el caso de un libro es más lo que no se hará presente y quedará ausente.
Como sea, yo ahora presento este libro, del que ustedes saben algo ya –por eso están acá. Un libro con dos títulos más bien extraños.
“Historias del arte” presenta un doble genitivo muy interesante. ¿Historias sobre el arte o historias que el arte cuenta y le pertenecen? ¿Es aquí el arte sujeto u objeto? Genitivo subjetivo y objetivo que se verifican ambos. El otro título es “Diccionario de certezas e intuiciones”. Tal vez la presentación debiera terminar aquí. Pero pienso mientras esto escribo en un experimento de Jakobson.

- ¿Cómo leer este diccionario, que, como descubrimos al abrirlo es un anti-diccionario, o un diccionario-performance? Se trata de un diccionario hecho para el disfrute, no para la consulta ni para la instrucción. Incluso para la desinstrucción. Por tanto se lee sucesivamente, o al menos yo lo he leído así. Recordaba al “autodidacta” de La náusea (que se instruía por orden alfabético). Pero en la lectura desinstructiva de este diccionario sucede precisamente lo contrario.
Un diccionario, además no exento de capricho y arbitrariedad. Incluye, por ejemplo, el vocablo “beso”. ¿Qué hace “beso” en un diccionario de arte? En fin, una “entrega especial” de Diana Aisenberg lo justifica al decir que “el estado de beso es el cuerpo a cuerpo del amor que se reproduce en cualquier acto genuino de creación”.
O la palabra “carrera”, que además de no ser un término que se inscriba de suyo en alguna historia del arte, contiene unos versos que están ahí por el sólo hecho de que su autor es mi amigo Arturo Carrera, autor de “Arturito y yo” y además frecuentador de esta casa.
O la palabra “ciencia”, que muchos quieren que sea el antónimo de “arte”.
Si la función clásica del diccionario es la de de-finir, esto es poner límites, este “diccionario” lo que más bien hace es correr todos los límites, o más bien borrarlos, hacerlos estallar. Y hacer ver, sobre todo las enumeraciones hacen ver, que ninguna palabra es propia del arte ni exclusiva suya: el arte tiene que ver con todo y todo con el arte. Las palabras aquí se indefinen más que definirse, y crecen rizomáticamente.
Y así, implica una visión del mundo. El mundo como colección y multiplicidad dispersa que opera por agregación, por composición, no como organismo que se desarrolla, madura, crece. Este diccionario prescinde de todo sacrificio. Es la alegría de la expansión sin ley, de aspiración babélica.

Un diccionario, por ejemplo el de la Real Academia, no es un objeto que piense. No puede serlo, si quiere seguir siendo un diccionario. Por eso, si comprendemos una obra de arte como un “objeto pensante”, según propone Gerald Wacjman, un diccionario, como una silla o el mingitorio de un baño cualquiera no son obras de arte.
Este diccionario de certezas e intuiciones, en cambio, es un objeto pensante, o también, un objeto “sensible”, como dice Diana. Por eso, a lo mejor, no puede ser usado como diccionario, porque piensa y siente. E interroga.
Interroga a quién pertenece el lenguaje. Interroga la comunidad, la palabra y el misterio colectivo de la repetición.
En una de sus páginas más recordadas, Ludwig Wittgenstein escribió que “nuestro lenguaje puede verse como una vieja ciudad: una maraña de callejas y plazas, de viejas y nuevas casas, y casas con anexos de diversos períodos; y esto rodeado de un conjunto de barrios nuevos con calles nuevas y regulares y con casas uniformes”. Me imagino la ciudad wittgeinsteiniana como una ciudad de frontera, como un agregado más o menos fortuito de espacios completamente disímiles: suburbios autónomos como la química, la notación infinitesimal o los signos musicales; desde luego plazas pero también sótanos; lugares de comunión pero también solitarias memorias de subsuelo. Puertas entreabiertas, ventanas a medio cerrar, espacios ciegos. Como cualquier ciudad, la ciudad del lenguaje es la posibilidad, si no de volverse vidente, al menos de volverse voyeur. Este diccionario puede ser leído como un voyeur se pasea por la ciudad.

Entre otras cosas por eso este texto vivo tiene un estatuto político. Tal vez podamos usar la palabra “utopía” para referir a él: una ciudad, la ciudad del lenguaje, donde se celebra un coloquio entre los vivos y los muertos, los conocidos y los desconocidos, los presentes y los ausentes. Co-loquio en el sentido estricto de convergencia de la palabra. Una exploración de la libertad de palabra como una libertad pública –o “compartida”, dice Jorge di Paola-, que barre con toda dicotomía y con toda jerarquía. El lenguaje no tiene origen y no tiene fin, ni arché ni télos. Es por naturaleza, an-árquico. Es posible comenzar a hablar de cualquier cosa y sobre cualquier cosa. Vale también para él la imagen inimaginable de la esfera cuyo centro está en todas partes y cuya circunferencia en ninguna.

Hay una palabra muy común, que pertenece de una manera central al léxico de la política, la palabra comunidad. Tal vez es una de las palabras que este libro “piensa”.
En primer lugar, es necesario hacer una aclaración. “Comunidad” es un vocablo que tiene una historia que no podemos desconocer. A partir de un célebre estudio de Ferdinand Tönnies, Gesellschaft und Gemeninschaft (1899), se opone al concepto de “sociedad”, concebido éste como término fundante del liberalismo: la pluralidad humana es concebida, según él, como un conjunto de individuos originalmente dados que, por diversos motivos (conveniencia, interés, miedo, etc.) deciden asociarse voluntariamente –como lo deciden los socios de cualquier sociedad empresarial- y, al igual que ellos, pueden también voluntariamente romper la sociedad.
En el caso de la comunidad la cuestión es diferente; se trata de un término de connotaciones muy pesadas; una palabra fuerte de la derecha teórica y política.
Un pensador emblemático de la derecha radical francesa, Barrès, decía que una comunidad se funda en un cementerio. Su condición sería, entonces, la existencia de un linaje, más o menos antiguo, de muertos comunes; una tradición, en sentido fuerte. La tradición de un lenguaje que, lo sepamos o no, conservaría murmullos antepasados; murmullos, entonaciones y significados forjados a lo largo de milenios, involuntariamente reproducidos y conservados cuando simplemente hablamos.
Por consiguiente, una comunidad es siempre un paganismo, la remisión a un pago y a unos dioses propios. Por ello es que le resulta aneja la temática de Blut und Boden, que orientaba la retórica nacionalsocialista.
Comunidad, en suma, es siempre algo previo, algo a lo que se pertenece, biológica y culturalmente.

Pero lo que este “diccionario” piensa, si no lo he entendido mal, es que debemos apartarnos lo más rápidamente posible de la anterior acepción de “comunidad”, para reinventar la palabra y dotarla de otro sentido y otros efectos –sin olvidar además que “comunismo”, vocablo aún significativo para mí, hunde su raíz precisamente allí. Entonces, ni comunidad étnica, ni “comunidad organizada”, ni comunidad religiosa, ni comunidad sustancial en ninguna de sus variantes.
Quiero decir, este libro piensa que es necesario seguir algunas huellas que van en la dirección contraria. Precisamente por los riesgos que el término comporta, se han acuñado algunos términos negativos, o paradójicos; Georges Bataille habló de la “comunidad imposible” -también de la “comunidad de los amantes” y de la “comunidad de la muerte”-; Maurice Blanchot de la “comunidad inconfesable”; Jean-Luc Nancy de la “comunidad inoperante”; Roberto Esposito de la “comunidad ausente”; Giorgio Agamben de la “comunidad que viene” y de la “comunidad inesencial”; y alguien, asimismo, ha definido a la democracia como la “comunidad de los sin comunidad”. Según puede advertirse, en todos estos casos se transita un límite. (Agrego en voz baja: ¿Qué es lo que este artefacto de palabras pone en acto? ¿Una “comunidad de los artistas” (con minúsculas)? ¿Pero, qué significaría esto? ¿Comunidad del arte, arte de la comunidad? ¿Lugar común, el arte?).
Como sea, antes de estas preguntas, para hacerlas correctamente diría, es necesario acuñar otra experiencia de comunidad: no algo a lo que se pertenece sino algo que se construye; no un dato sino un efecto; no una esencia sino un acontecimiento; no una coacción sino una libertad. Comunidad, no como algo que les sucede a los miembros que la forman a pesar suyo sino una producción, una generación y un deseo. En esta acepción, entrar en comunidad con algo o alguien, con otro o con otros, es una composición intrínseca con ellos que afecta de manera decisiva a las singularidades que se implican de este modo entre sí –por eso no se trata de una mera sociedad, que deja por definición incólumes a quienes toman parte en ella-. Antes bien, en este caso, las potencias que definen a los seres se complicarán así en totalidades dinámicas, parciales, abiertas, inclusivas, en la medida en que no obstruyan mutuamente su expansión y su capacidad de afectar y de actuar, sino que, al contrario, la favorezcan. Las tres posibilidades que una criatura tiene para con las otras son: el conflicto, la inmunidad, la comunidad. Se entra en conflicto debido a la existencia de ciertas pasiones -o más bien a cierto modo de ser de las pasiones-; se es inmune respecto de los demás, al contrario, gracias a una inhibición de las pasiones, que a su vez inhibe la potencia que las pasiones expresan, de modo que se imposibilita también la capacidad natural que los seres tienen de afectarse entre sí de manera radical o intrínseca; se entra en comunidad, finalmente, cuando dos o más existencias componen sus potencias tanto según cierto modo de ser de las pasiones -diferente al que tiene lugar en el conflicto-, como según la creación de una lucidez compartida. La producción de comunidad no presupone la eliminación de las pasiones sino más bien su existencia.
El itinerario podría ser: desconfiar de las comunidades de hecho, a la vez que abandonar la inmunidad, para producir una comunidad. ¿Qué comunidad? ¿Qué, cuál, “dónde” esa comunidad ausente, inconfesable, inesencial, que viene? ¿Cuál esa comunidad de los despojados de comunidad? Una comunidad de singularidades –quizás en el sentido en que, ya viejo, algo enigmáticamente y como al pasar, Sartre (Sartre, de cuyo nombre, siempre que puedo, quiero acordarme) habló de un “comunismo de los singulares”. ¿Quiso decir un comunismo de los raros?, ¿un comunismo de los diferentes?, ¿un comunismo de seres absolutos?, ¿un comunismo de quienes saben que van a morir? Tal vez.

El reino de la libertad no es un lugar, puede ser cualquier lugar. “Todo lo que está allá está acá, y todo lo que no está acá, no está en ninguna parte”, le gusta decir a Oscar del Barco. Tampoco es algo que haya sucedido, o que vaya a suceder. Del reino de la libertad no podemos tener ninguna nostalgia y ninguna esperanza. Nunca ha existido un reino de la libertad, ni existirá después. Sólo puede existir ahora mismo. El presente es su arcano. Eso, el reino de la libertad, ni más ni menos, es lo que podemos inventar. Es lo que cualquier criatura, sea cual sea su circunstancia, puede inventar, a condición de hacerlo junto a otras como ella. Podemos crear, ahora, aquí, con los que quieran, una comunidad de seres libres (no sé porqué, al pensar en el reino de la libertad me viene el nombre de Jorge Bonino. A pesar de un intenso deseo de comunidad, Jorge Bonino era un libre que carecía de ella).

La compulsiva producción de obras de arte y de artistas es el artilugio con el que el mercado inhibe o reprime la voluntad de una existencia en común, de una comunidad. El culto a la personalidad que entraña la idea de artista presupone un sometimiento mayor, el que mendiga reconocimiento, el que pide permiso antes, el que sacrifica la libertad al elogio, o al subsidio.
En realidad no hace falta nada. Es posible hacerlo todo sin esperar nada y sin pedir nada –sin pedir, sobre todo, demasiado permiso.
A lo mejor ese “pueblo que falta” se halla muy cerca; es eso impersonal y común y sin atributos obturado bajo los Artistas y las Obras. Eso, me parece, es lo que está diciendo Deleuze cuando hacía el elogio del hombre sin atributos y se preguntaba: ¿qué les queda a las almas cuando ya no se aferran a particularidades? “Les queda precisamente su ‘originalidad’, es decir, un sonido que cada uno devuelve, como un ritornelo en el límite del lenguaje..., y se encuentra entonces con el otro viajero, al que reconoce por el sonido...: contra la moral europea de la salud y la caridad, una moral de la vida donde el alma no se realiza más que tomando ruta, sin otro fin, expuesta a todos los contactos, no intentando nunca salvar a otras almas, apartándose de las que devuelven un sonido demasiado autoritario o demasiado gimiente”.
Esa deleuziana cultura nómade –y este diccionario bien puede ser su mapa- se establece, paradójicamente, como anhelo de comunidad; una comunidad de linajes débiles, existencias dedicadas al enigma de las palabras o de las formas, precisamente como “tartamudos de la lengua”, que buscan “inventar un pueblo que falta” y que escriben o piensan o pintan “para los terneros que mueren”.

Digo por último que también yo participo de un trabajo colectivo. Pero en este caso la comunidad de la que se trata es inconfesable. Y en el marco de ese trabajo colectivo -que consiste en multiplicar una serie de relatos acerca de inverosimilitudes eróticas, y cuyo título va a ser “Las mil y una siestas de Laura”- escribí una “historia del arte”, inspirado por este libro de Diana Aisenberg. Y se me ocurrió que podía traerla, es un texto muy breve, y eventualmente leerla como ofrenda o como diálogo, como manera, entonces, de “entrar en comunidad”.