La metafísica sexy de Adriana Minoliti

La presencia matérica de la mancha desborda el espacio quieto, geométrico, escenario donde estelan el silencio y la espera. El tiempo detenido. Bisagra entre la nada y el ser. El adentro y el afuera. El campo y la ciudad. La mujer de la noche y la mujer sumisa. La arquitectura y la geografía. El más acá y el más allá.

-¿Viste que no hay ninguna pintora metafísica? Parece que Silvina Ocampo estudió con el maestro De Chirico en París durante seis meses. Nunca vi sus pinturas.

Hay un despertar en el navegar sonámbulo. El más bello de los nexos es el que crea la mejor unidad entre las cosas que liga.

Un edificio blanco y rocas en primer plano, la tierra hecha carne, las rocas escenográficas y todo el cielo que se encierra en sí mismo. Como si estuviera todo dicho, sin explicar nada.

Me encuentro caminando con gracia equilibrista -un pie y el otro pie- sobre la línea imaginaria que me sostiene, línea cornisa, la tierra y el precipicio. Duchamp opone al vértigo del movimiento, el vértigo del retardo. Pintó el acantilado antes de hacer descender el desnudo por la escalera y mucho antes que la novia puesta al desnudo (el gran retardo). Una maquinaria estéril en la cual todo funciona pero nada concluye. Engranajes perfectamente seteados para sostener un estado suspendido. El movimiento previo a la escritura, lo informulado. Un regodeo de las vanguardias.

-¿El diluvio? –No, la inundación.

Podría ser catastrófica pero es auspiciosa.

Los saberes metafísicos aparecen ligados a las bajas pasiones.
La casa, el arca, el paquebote. Misterioso cuboide. La geometría, un punto de vista. En el escenario teatral -entre bambalinas- cuadro por cuadro, un guión telenovelero despliega el núcleo que se desarrolla. Minoliti prepara los fluidos con materia densa, arena y brillo. Pinta cuadros como si creara escenarios para su vida personal, mejor dicho, construye las escenografías de su cerebro, dialoga con la Historia del arte para desentrañar una espacialidad que incluya la geografía del espíritu. Mis temas -dice- son la vida sentimental, los amores, los fracasos, los detalles sutiles de las relaciones del amor, el sexo y la vida. Mi velocidad personal.

Roberto Aizenberg: Presente. Los maniquíes sin rostro de los metafísicos mutaron en alegres piernas. Adriana testea el roce de esas piernas. El silbido del rayo, el fragor de los truenos y las piernas columpian sobre espinas. El erotismo comunica lo que el lenguaje se rehúsa a hacer. El círculo se abre. El aislamiento no es más que un engaño, aquí sí, hay salida. Transgredir se impone como principio moral y se revela como idea del estado incompleto.

El desprecio implacable de la silla vacía: fracaso-privación-renuncia; como si le hubieran dicho esperá sentada. Luego la salida del adormecimiento. Hay una soledad que grita frente a la ausencia de respuesta. El Deseo -tener como objeto la ausencia del objeto- y una plegaria. Líbrame de imaginar el cielo sin mí.

La occidentalidad y sus juegos con la nada.

Una mancha exabrupta desafía a la silla vacía. En un instante quedé sin aliento. Hay un delirio infinito en un instante (no pasó tanto del tiempo en que los hombres alimentaban las hogueras con miles de brujas). La bisagra donde la espera incierta se hace alegría. El instante mismo de la trascendencia. Es el momento del giro. El goce de la materia, la ley y la trampa. El capricho.
Como en el desprendimiento de un glaciar, los fluidos sexuales sobre la tela invaden los espacios llevando consigo todo lo que encuentran. El pulso de las piernas, el pulso del mismo fluído, el pulso atmosférico. La mancha alegre desborda el cuadro tornando la superficie abierta y pública.

Es un instante raro, cuando el silencio desiste (la estatua habló). Es el momento de corte y la insinuación del erotismo aparece como promesa del desdoblamiento.

El arte, dice Savinio, surgió del fecundo seno de la Memoria; el arte presta una personalidad a los objetos, y un alma a las cosas, a los muebles, a las casas.

No hay ídolo hermafrodita, hay una historia de amor. La espiritualidad reside en el cuerpo. En el silencio, se oye lo absurdo del mundo. La serena pero inquieta superficie, rebalsa.

Diana Aisenberg

La metafísica sexy de Adriana MinolitiMinoliti en Benzacar

La presencia matérica de la mancha desborda el espacio quieto, geométrico, escenario donde estelan el silencio y la espera. El tiempo detenido. Bisagra entre la nada y el ser. El adentro y el afuera. El campo y la ciudad. La mujer de la noche y la mujer sumisa. La arquitectura y la geografía. El más acá y el más allá.

-¿Viste que no hay ninguna pintora metafísica? Parece que Silvina Ocampo estudió con el maestro De Chirico en París durante seis meses. Nunca vi sus pinturas.

Hay un despertar en el navegar sonámbulo. El más bello de los nexos es el que crea la mejor unidad entre las cosas que liga.

Un edificio blanco y rocas en primer plano, la tierra hecha carne, las rocas escenográficas y todo el cielo que se encierra en sí mismo. Como si estuviera todo dicho, sin explicar nada.

Me encuentro caminando con gracia equilibrista -un pie y el otro pie- sobre la línea imaginaria que me sostiene, línea cornisa, la tierra y el precipicio. Duchamp opone al vértigo del movimiento, el vértigo del retardo. Pintó el acantilado antes de hacer descender el desnudo por la escalera y mucho antes que la novia puesta al desnudo (el gran retardo). Una maquinaria estéril en la cual todo funciona pero nada concluye. Engranajes perfectamente seteados para sostener un estado suspendido. El movimiento previo a la escritura, lo informulado. Un regodeo de las vanguardias.

-¿El diluvio? –No, la inundación.

Podría ser catastrófica pero es auspiciosa.

Los saberes metafísicos aparecen ligados a las bajas pasiones.
La casa, el arca, el paquebote. Misterioso cuboide. La geometría, un punto de vista. En el escenario teatral -entre bambalinas- cuadro por cuadro, un guión telenovelero despliega el núcleo que se desarrolla. Minoliti prepara los fluidos con materia densa, arena y brillo. Pinta cuadros como si creara escenarios para su vida personal, mejor dicho, construye las escenografías de su cerebro, dialoga con la Historia del arte para desentrañar una espacialidad que incluya la geografía del espíritu. Mis temas -dice- son la vida sentimental, los amores, los fracasos, los detalles sutiles de las relaciones del amor, el sexo y la vida. Mi velocidad personal.

Roberto Aizenberg: Presente. Los maniquíes sin rostro de los metafísicos mutaron en alegres piernas. Adriana testea el roce de esas piernas. El silbido del rayo, el fragor de los truenos y las piernas columpian sobre espinas. El erotismo comunica lo que el lenguaje se rehúsa a hacer. El círculo se abre. El aislamiento no es más que un engaño, aquí sí, hay salida. Transgredir se impone como principio moral y se revela como idea del estado incompleto.

El desprecio implacable de la silla vacía: fracaso-privación-renuncia; como si le hubieran dicho esperá sentada. Luego la salida del adormecimiento. Hay una soledad que grita frente a la ausencia de respuesta. El Deseo -tener como objeto la ausencia del objeto- y una plegaria. Líbrame de imaginar el cielo sin mí.

La occidentalidad y sus juegos con la nada.

Una mancha exabrupta desafía a la silla vacía. En un instante quedé sin aliento. Hay un delirio infinito en un instante (no pasó tanto del tiempo en que los hombres alimentaban las hogueras con miles de brujas). La bisagra donde la espera incierta se hace alegría. El instante mismo de la trascendencia. Es el momento del giro. El goce de la materia, la ley y la trampa. El capricho.
Como en el desprendimiento de un glaciar, los fluidos sexuales sobre la tela invaden los espacios llevando consigo todo lo que encuentran. El pulso de las piernas, el pulso del mismo fluído, el pulso atmosférico. La mancha alegre desborda el cuadro tornando la superficie abierta y pública.

Es un instante raro, cuando el silencio desiste (la estatua habló). Es el momento de corte y la insinuación del erotismo aparece como promesa del desdoblamiento.

El arte, dice Savinio, surgió del fecundo seno de la Memoria; el arte presta una personalidad a los objetos, y un alma a las cosas, a los muebles, a las casas.

No hay ídolo hermafrodita, hay una historia de amor. La espiritualidad reside en el cuerpo. En el silencio, se oye lo absurdo del mundo. La serena pero inquieta superficie, rebalsa.

Diana Aisenberg