Tanto los hombres como las mujeres, vivos o muertos,
jamás nos dejan otra cosa que las huellas de sus sensaciones.
En colores, en sonidos, en palabras.
Julia Kristeva

* agua bendita, contaminada, cósmica, de lluvia, dinámica, podrida, potable, volcánica.

Al agua de por sí mágica - hay que dejarla correr, también a los recuerdos.
Las metáforas del agua, la ambigüedad, el desafío a la fuerza de gravedad, traen a la memoria la niñez.

María Luján Mosca trabaja con retazos y huellas de épocas pasadas: lo fragmentario, promete el desconcierto, el desacomodo. Reconstruye su perspectiva, un punto de vista sobre la historia. Toda reconstrucción supone una disgregación previa del todo y sus partes. Evocar es ejercer el derecho a la memoria. Se adiestra y se ejercita, se practica. La memoria es la madre de las musas, posee todos los cuentos y las narraciones, reina la transmisión oral de la historia, (por lo que no hay supervivencia sin ella).

El arte fluye como el agua; en este caso corta la respiración de una muñeca, la descabeza, la ahoga. Mucho se habla en los medios de la decapitación, sobre todo en las imágenes de la guerra; en la Historia del Arte no faltan imágenes de cabezas decapitadas, servidas en bandeja. Inolvidables son las imágenes de David con la cabeza de Goliath, Salomé con la cabeza del Bautista, o Judith cortando la cabeza de Holofernes. (Perder la cabeza, decimos los adultos). Los niños juegan con las muñecas y les sacan la cabeza. En el mundo adulto, este acto, esta cargado de criminalidad y pornografía. Los niños como cualquier mortal, no están eximidos de un sistema de valores ni de su carga genética. Nuestra construcción de la historia es necesariamente adulta y aquí la memoria se descalabra.
La mirada del adulto interviene en el recuerdo. Reconstruye la escena y también los juegos infantiles.
En ese lapso aparece el cuadro: la pintura se manifiesta como una membrana entre los tiempos, un transcurrir entre el ayer y el hoy. ¿Cómo reconstruir la escena infantil, cuando ya no somos niños?

Cuenta Proust que de su niñez sólo recordaba en sus noches de insomnio, apenas un sector, siempre el mismo y a la misma hora -las siete de la tarde-, de su casa en el pueblo de Combray. Hoy sabemos que esta memoria selectiva se procesa en las áreas más antiguas del cerebro y está asociada a recuerdos de alto valor emocional. Recordar una imagen más amplia implica un proceso sutil.
María Luján compone su rompecabezas, parte de una imagen fija: una vez cuando era niña, en plena oscuridad, encontró una cuna vacía. Esa escena funciona como disparador de situaciones. Se hunde en el agua de la memoria, reinventando una vivencia infantil. Hoy construye su ficción metafórica: la fidelidad de las imágenes de la memoria esta limitada por naturaleza. El agua hace su trabajo en relación a la visión de los muñecos, les confiere otra calidad, como el recuerdo.
El agua o la oscuridad.

La ley del fragmento vale tanto para la Naturaleza como para la historia, tanto para la Tierra como para la Guerra, tanto para el bien como para el mal. El fragmento es un reflejo aislado de una realidad sangrienta o apacible. En los fragmentos es donde surge el fondo oculto, celestial o demoníaco.
Así Luján compone su escritura fragmentaria invitándonos conjuntamente al juego, el modo mas serio de tratar las tareas mas serias. El universo ficcional de la narración se extiende indefinidamente en la cooperación del lector con el texto. Nos llama a un tiempo de lectura que nos obliga a hilvanar el armado y desarmado de esa historia que ya no es personal ni autobiográfica sino que habla de todos nosotros.
Diana Aisenberg